Daniel Ceán-Bermúdez
@daniel_cean

MILAGRO EN EL MOLINÓN

Mundial de Fútbol España 82: Alemania-Argelia

Cuando tienes 18 años piensas que todo es posible. O eso dicen. Pero, sea porque nunca he sido demasiado idealista o porqué siempre hay límites que parecen insuperables, aquella tarde del 16 de junio del 1982 no creía ni por lo más remoto en eso de que todo sueño se puede hacer realidad. Lo que, traducido a los protagonistas del espectáculo deportivo al que dirigía mis pasos, significaba que la modesta selección de Argelia tuviera la más mínima posibilidad de plantar cara a la todopoderosa escuadra de la República Federal de Alemania. De hecho, cuando supe que en mi cuidad, Gijón, una de las sedes del muy esperado mundial de fútbol que se celebraba en España, se iban a disputar los partidos del grupo que incluia a los alemanes junto a las selecciones de Austria, Chile y Argelia, había elegido aquel partido como el único que íba a ver de los previstos en el estadio de El Molinón casi tanto por el hecho de ser el que ofrecía entradas más asequibles como por la idea de ver una exhibición goleadora de los germanos.

Aquel muy experto equipo capitaneado por el fabuloso Rummenigge, un delantero elegante y letal, contaba con jugadores del máximo nivel como el frío y eficaz Stielike, el veterano pero todavía rocoso Breitner, el pequeño y escurridizo Littbarski, el enorme y avasallador Hrubesch, el correoso Briegel, el potente Kaltz o el fino Magath. Hasta el portero, Schumacher, era un tipo mucho más duro de la habitual para la posición de guardameta, como bien comprobaría el francés Battiston unos días más tarde.

Frente a ellos poca oposición se podía esperar de la escuadra norteafricana, por mucho que se destacara en las publicaciones previas al campeonato la rapidez y habilidad de sus puntas, Assad y Madjer, o la inteligencia de su mejor mediocampista, Belloumi. Era un equipo joven y entusiasta, sin duda, pero tremendamente bisoño en lides como aquella.

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Sin embargo, vestidos de verde esperanza, los argelinos saltaron al cuidado césped de El Molinón con esa despreocupada determinación que nace mucha veces del convencimiento de estar ante una tarea imposible. Al fin y al cabo, si no tienes nada que perder no hace falta preocuparse por el resultado. Todos dan por hecho que será una derrota y, salvo que sea especialmente escandalosa, nadie te va a reprochar nada.

Enfrente, con su habitual indumentaria de camiseta blanca y pantalón negro, es probable, en cambio, que los alemanes iniciaran el partido imbuidos de la peligrosa sensación de superioridad que en tantas ocasiones es el germen ideal para un fracaso inesperado. Al menos eso apuntaba su tal vez excesiva parsimonia en los minutos iniciales, afrontados sin prisa, como pensando que tenían todo el tiempo del mundo para ganar sin problemas aquel partido. No era cuestión de derrochar energías en busca de una victoria que todos daban por suya antes siquiera del comienzo del encuentro, que debería caer de su lado casi sin esfuerzo, por el propio peso de la lógica.

El resultado de combinar planteamientos tan opuestos pronto empezó a producir un partido muy diferente al esperado. Los minutos iban pasando y los alemanes no sólo no marcaban, ni siquiera llevaban el ritmo del juego. El satinado Tango estaba cada vez más tiempo en los pies de los jugadores africanos que en los de los europeos y el público, en su mayoría local y acostumbrado a que su querido Sporting ocupase muchas veces el puesto de los argelinos como equipo que busca la sorpresa ante el 'grande' de turno, empezó a tomar partido por el bando en teoría más débil.

Enseguida la pequeña pero ruidosa representación africana en las tribunas se vio acompañada en sus gritos de aliento por la afición gijonesa, acallando con fervor a la amplia y bulliciosa hinchada germana.

Al descanso se llegó sin que se moviera el marcador, lo que ya de por sí era toda una sorpresa. Empezaba a estar claro que los alemanes no iban a golear. Acabarían ganando seguramente, porque un equipo con tanta calidad como aquel lograría tarde o temprano batir al desconocido cancerbero norteafricano, un tal Mahdi Cerbah del que nunca habíamos hablar y al que, en la primera mitad, apenas tuvimos ocasión de ver intervenir ante la escasa producción ofensiva de los germanos.

Era de suponer que en los quince minutos del descanso, su serio y concienzudo seleccionador, Jupp Derwall, les habría 'leído la cartilla' a sus muchachos. Una buena bronca en alemán tiene que despertar hasta al más dormido, así que seguro que en el segundo tiempo los once centroeuropeos salían dispuestos a resolver por la vía rápida.

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Pero el empuje teutón del arranque de la segunda parte, aunque más intenso, caía en todos los defectos que el tópico les asocia. Era enormemente predecible, sin chispa, sin imaginación. Los argelinos se anticipaban a cada avance del poderoso rival y su rapidez en el despliegue en cuanto recuperaban el esférico empezaba a presentar una amenaza real con la que nadie contaba.

Una amenaza que se concretó cuando apenas habían transcurrido diez minutos de la reanudación. Un centrocampista cuyo apellido haría famoso tiempo más tarde otro jugador de medio campo, Djamel Zidane, lanzó un pase en profundidad hacía la posición de interior izquierda. Por allí avanzaba Belloumi sin que ninguno de los tres defensores germanos que vigilaban la progresión de su compañero se percataran de su solitaria presencia. Sólo el portero, Schumacher, muy atento a toda la jugada y siempre veloz a la hora de salir de su marco, pudo evitar que el disparo del argelino, totalmente desmarcado, acabara en el fondo de la red, rechazándolo con sus pies. Pero el balón, rebotado, describió una lenta parábola hacia la derecha para iniciar su descenso justo cuando llegaba Madjer, que venía acompañando el ataque de su equipo por ese lado del campo. El hábil extremo magrebí elevó su pierna derecha lo justo para golpear el esférico unas décimas de segundo antes de que dos de los defensas alemanas consiguieran alejar el peligro. Fue un toque certero, que los superó por encima para acabar depositando el cuero en el fondo de la red ante el delirio de la afición argelina... y también de la asturiana, que celebró el tanto de aquel jugador con el número 11 a la espalda del mismo y enfervorizado modo que tantas veces había hecho cuando 'su once', el siempre genial e imprevisible Enzo Ferrero, perforaba en la portería rival.

Como no podía ser de otra forma, el gol de Argelia desencadenó una mayor ofensiva de Alemania. Aquello que estaba ocurriendo no podía pasar y tenían que devolver la situación a la normalidad cuanto antes. Por eso, nadie se sorprendió cuando, apenas trece minutos después, una combinación por la izquierda entre Dremler y Magath terminó con un centro raso y preciso del segundo que superó la tímida estirada de Cerbah y fue cazado al borde del área pequeña por Rummenigge para desviarlo en dirección al desprotegido arco. Era el empate y, todos pensamos, el principio del fin para el bonito sueño de los argelinos.

No hizo falta que transcurriera ni un minuto para comprobar que estábamos muy equivocados. De repente, al poco de sacar de centro, fue como si los jugadores vestidos de verde pasaran a ser el perfecto reflejo de aquellos con camisetas naranjas que, ocho años antes, habían convertido en inalcanzable el balón para los alemanes en el arranque de la final del Mundial del 1974. La pelota se movía sobre la hierba del pie de un argelino a otro con la precisión de una bola de billar dibujando perfectas trayectorias sobre el tapiz de terciopelo. Cinco, seis, siete, ocho toques, ganando metros a base de triangulaciones certeras llevan el balón a la banda izquierda, por la que se desmarca Assad. El número 7 la recibe, gana la línea de fondo por velocidad, levanta la cabeza y centra fuerte desbordando a Schumacher, que sólo puede oponer su mirada atónita a la llegada en tromba de Belloumi para empujar el balón y marcar el segundo gol de los argelinos.

La explosión de júbilo de los jugadores norteafricanos se mezcla con una algarabía en las tribunas del viejo estadio gijonés propia de las celebraciones de alguno de los mejores goles de Quini. Porque, como solía ocurrir muchas veces cuando marcaba 'El Brujo', está sucediendo algo mágico a la rivera del Piles. ¡Argelia gana a Alemania por dos goles a uno!

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Faltan todavía algo más de veinte minutos pero todo ha cambiado. Los alemanes lo seguirán intentando hasta el final, porque son gente obstinada y que no se rinde. Pero están sin ideas y se van quedando sin fuerzas ante el despliegue de ilusión, acompañada de una inesperada calidad, de los argelinos. El tiempo transcurre entonces con esa extraña relatividad que lo hace volar para quien va perdiendo, porque necesita que cada segundo dure más para recuperarse, a la vez que parece no avanzar para el que va ganando y desea con todas sus fuerzas escuchar un único sonido, el pitido final con el que el árbitro pone fin al partido.

Cuando por fin llega, los argelinos corren en todas direcciones, brazos en alto, gritando, felicitándose incrédulos mientras los aún más incrédulos alemanes se retiran cabizbajos al vestuario preguntándose como ha podido ser posible aquello.

En las gradas, argelinos y asturianos celebramos juntos el milagro. Va a ser verdad que todo es posible, pienso yo con la candidez de mis 18 años.

Pero no. No todo es posible aunque se haya conseguido un imposible. La vida no siempre es justa y hay circunstancias que se escapan a nuestro control y pueden poner fin a nuestros sueños. El de los argelinos duró unos pocos días de aquel verano del 82. Los que transcurrieron entre su increíble triunfo ante Alemania, su decepcionante actuación poco después ante Austria, que los derrotó por dos goles a cero, su trabajado triunfo por tres a dos ante Chile y, sobre todo, el vergonzoso apaño que los dos conjuntos centroeuropeos organizaron la semana después para clasificarse ambos y dejarlos fuera de la competición.

Una afrenta que, después de todo, no hizo si no agrandar la hazaña de los argelinos, cuya eliminación, por triste y frustrante que fuera, quedó empequeñecida en el recuerdo ante la grandeza de la victoria imposible ante Alemania en un Molinón entregado a su causa del que tuvimos el placer de formar parte.