Daniel Ceán-Bermúdez
@daniel_cean

LA MIRADA DE MONTANA

SuperBowl LIV: Mahomes lideró la remontada de los Chiefs contra los 49ers

Tenía nombre de héroe de comic, mirada de estrella de cine y lideraba al equipo ganador en aquellos primeros partidos de fútbol americano que veíamos en televisión allá por finales de los 80. Era la época de los San Francisco 49ers dirigidos por el genial Joe Montana, un quarterback de ojos azules, clase innata y carisma infinito. Con Nontana lanzando el balón oval siempre al lugar adecuado y en el momento oportuno ganó sus primeras cuatro Super Bowl el equipo que homenajeaba a la fiebre del oro del 1849 en su apelativo y en el color dorado de sus relucientes cascos.

Especialmente decisiva fue su actuación en el tercero de esos triunfos, contra los Cincinnati Bengals, hambrientos de venganza como el tigre al que imitaban sus uniformes. Habían sido derrotados por los 49ers siete años antes y volvían al gran partido, al único que de verdad importa, dispuestos a conseguir el esquivo trofeo. A poco más de tres minutos y medio del final empezaban ya a acariciarlo en su imaginación con la punta de los dedos. Iban por delante en el marcador con tres puntos de ventaja y sus rivales tenían que iniciar pegados al fondo de su lado del campo la que casi con toda seguridad sería su última ofensiva. Pero ese tipo de situación lejos de preocuparle era todo una acicate para sacar lo mejor de aquel a quien llamaban Joe ‘Cool’ y ‘Comeback kid’ por su frialdad para protagonizar remontadas que parecían imposibles.

Aquella era una de esas ocasiones. El balón tenía que recorrer 92 yardas para alcanzar la zona de anotación rival. Y pronto comenzaba a moverse a base de certeros lanzamientos. Cuatro pases completados por Montana y un par de carreras de su ‘running back’ de confianza, Roger Craig, situaron a los de San Francisco en la yarda 35 del campo rival. Habían recorrido más de la mitad del camino, pero quedaba lo más difícil y ya se había consumido más de la mitad del tiempo que faltaba. Además, Montana enviaba el siguiente balón demasiado lejos incluso para alguien capaz de atrapar lo inatrapable como Jerry Rice. Y una penalización justo a continuación retrasaba a los 49ers hasta la yarda 45 con sólo minuto y cuarto por delante.

La hinchada de los Bengals rugía mientras sus jugadores se aferraban a la maltratada hierba del estadio de Miami, preparados para saltar como fieras en busca de su presa. Era ‘segunda y veinte’, la ocasión ideal para apretar aún más y alejar definitivamente la amenaza que se cernía sobre esa línea de marca que estaban dispuestos a defender hasta el último aliento. Un aliento que se helaba en sus gargantas cuando los fríos ojos azules de Montana lanzaban una mirada al frente en la que era imposible leer cual sería la siguiente jugada pero dejaba bien clara su absoluta determinación de conseguir que tuviera éxito. De su mano derecha salía un pase perfecto que Rice recibía con esa letal elegancia de sus manos de hierro envueltas en guante se seda. El resultado eran 27 yardas de ganancia, primer ‘down’ de una tacada y cuatro ocasiones más para alcanzar la meta, que ya distaba sólo 18.

Casi la mitad las recorría el balón de nuevo por el aire en la siguiente jugada, otro pase teledirigido de Montana al versátil Craig. Faltaban 10 yardas, las últimas, las que siempre cuesta más trabajo recorrer. Las que más valor tienen si se dejan atrás porque tras ellas está la gloria. A 39 segundos para el final la mirada de Montana se clavaba en ese espacio ya cercano pero todavía tan lejano. Y de sus manos salía el balón destinado a cambiar el signo del partido. Su vuelo era corto pero resultaba inalcanzable para los impotentes defensas de los Bengals. Su destino eran las manos de Taylor, que lo recibía ya dentro de la zona de marca rival… ¡Touchdown y victoria para San Francisco!

Probablemente ese ‘drive’ ganador de los 49ers dirigidos por Montana en la SuperBowl de enero del 1989 sea el que mejor define al genial Quarterback. A buen seguro es una de las primeras imágenes que vimos de él muchos de los que nos aficionamos entonces al fútbol americano en España y decidimos que, puestos a escoger equipo, los 49ers de San Francisco serían nuestro favorito. Pero, en realidad, nuestro favorito era él, Joe Montana, el jugador con nombre de héroe y ojos de estrella de cine. Por eso cuando la cruel ley del tiempo y las lesiones hizo que su puesto acabara siendo ocupado por un quarterback que llegaba pidiendo paso con toda la fuerza de la juventud en su juego y su apellido, Steve Young, nos hicimos también un poco del nuevo equipo de Montana, los Chiefs de Kansas City. Y cuando a principios de la temporada del 94 los Chiefs, con Montana al mando en su último año en activo, batieron a los 49ers liderados por Young en un memorable ‘Monday Night Football’ tuvimos esa sorprendente sensación de disfrutar viendo perder a nuestro equipo preferido. Unos meses después, al final de aquella campaña, los 49ers ganaron su quinta SuperBowl, la segunda en Miami, la primera con el sucesor de Montana lanzando los pases… la última desde entonces aunque nadie lo hubiera imaginado aquel día en el que masacraron a unos incrédulos Chargers que nunca pudieron disfrutar siquiera de la ilusión de optar al triunfo.

Veinticinco años más tarde, los de San Francisco llegaron el domingo 2 de febrero del 2020 a su sexta Super Bowl, también con el estadio de Miami como escenario. Lo hicieron contra todo pronóstico de pretemporada, después de una campaña tan extraordinaria como sorprendente. Como si la derrota en la gran final del 2013 ante los Ravens les hubiera convertido, de repente, en un equipo perdedor sin remedio, llevaban un lustro malviviendo por la parte baja de la clasificación, acumulando derrotas y fracasos. Estaban en eso que se suele llamar, una fase de reconstrucción, eufemismo utilizado muchas veces para ocultar otra decepción de un equipo que no consigue volver a ser el que era. Pero en el caso de estos nuevos 49ers del entrenador Shanahan lo de la reconstrucción era verdad. De aquellas ruinas de los últimos años había ido surgiendo un equipo con bases sólidas. Con los cimientos clave en el fútbol americano clásico, una fuerte defensa y un efectivo juego de carrera en ataque. Una zaga de esas que no hacen prisioneros ni preguntas, como aquella de los Brears del legendario Dittka. Y una ofensiva demoledara de un modo que nada tiene que ver con los fastos de la ‘West coast offense’ de los tiempos de Montana. Del frenético ‘run and shot’ de entonces se ha pasado al machacón corre, corre y corre de ahora. El quarterback, Jimmy Garoppolo, un antiguo suplente del eterno Brady en los Patriots, casi parece un recurso adicional del que echar mano de vez en cuando para que Mostert, Coleman, Breda o Juszczyk cogan un poco de aire entre carrera y carrera. Así completaron una temporada regular magnífica y pasaron por los ‘Playoffs’ poco menos que pisoteando a los Vikings y los Packers para volver a la ‘Super Bowl’ siete años después de aquel último drive en el que Kapernick pudo protagonizar una remontada al más puro estilo Montana pero no encontró el camino al ‘touchdown’ necesario para culminarla.

Para ese retorno al gran partido del primer domingo de febrero, quiso el caprichoso destino que el rival de los 49ers fueran los Kansas City Chiefs, precisamente el otro equipo de Montana, y que el escenario fuera de nuevo Miami, donde Joe ‘cool’ había protagonizado su inolvidable milagro ante los Bengals. Además, por si no fueran suficientes simbolismos, si hay ahora en la NFL un Quarteback ‘cool’, en todos los sentidos en que se puede usar el término, ese es el de la escuadra de Kansas, el genial e impredecible Patrick Mahones. Un joven jugador que lleva dos temporadas rompiendo moldes a base de reinventar el modo en que se pasa el balón. Lo de menos es si lo tiene que lanzar con el paso cambiado, con sólo un pie en el suelo, saltando, a la carrera, retrocediendo o hasta con la otra mano para enviarlo con la izquierda mientras escapa de un feroz linebacker que busca darle caza. Sea como sea, y nadie sabe muy bien cómo, la mayoría de las veces ese balón de improbable origen alcanza su destino y termina en poder de un receptor o un corredor en lugar de caer al suelo o ser interceptado.

Con Mahones haciendo malabarismos para completar las imaginativas jugadas del afable y más que inteligente Andy Reed, los Chiefs llegaron a la ‘SuperBowl’ después de dos remontadas arrolladoras en post temporada. Dos partidos de desarrollo sorprendente, que dejaron a dos equipos tan sólidos en defensa como los Texans y los Titans intentando comprender la naturaleza de ese vendaval anotador que les había barrido del campo cuando se las prometían más felices después de empezar liderando el marcador.

Por todo ello, en la Super Bowl LIV el espíritu del juego ofensivo de los 49ers de la era Montana, un juego alegre, llamativo y espectacular, estaba en realidad mucho más representado en los Chiefs, su último equipo, que en su formación de siempre. Así que para el veterano aficionado que disfrutó viendo perder a su equipo favorito en aquel Monday Night Football de dos décadas y media antes, se repetía esa situación que resulta tan incomprensible para el hincha que vive cualquier deporte asociando las alegrías sólo a los triunfos de sus colores. Porque si de un lado estaban esos 49ers que, por tradición, y por Montana, son de siempre mi equipo favorito, del otro se encontraba el otro equipo del ídolo de juventud, los Chiefs, con un estilo juego, subrayado por la genialidad de su Quarteback, que se parecía mucho más al que me enganchó entonces al apasionante deporte de las 100 yardas. Ganase quien ganase me lo iba a pasar bien. La única duda estaba en ver si se impondría el juego defensivo y terrestre de San Francisco o si el explosivo ataque aereo de Kansas City les permitiría conseguir su segundo título más de cincuenta años después de haber logrado el primero allá por 1969.

Para empezar, el primer cuarto arrancaba según lo esperado por todo aficionado de los 49ers. Su férrea defensa sacaba del campo a los Chiefs en un visto y no visto para dar paso a un primer ‘drive’ de San Francisco en el que destacó una carrera de Mostert y terminó con los tres primeros puntos en el marcador a favor del equipo que vestía de blanco. Los de Shanahan habían comenzado ejecutando a la perfección el guión previsto, defender duro para, a continuación, tener el balón durante el mayor tiempo posible a base de correr, correr y seguir corriendo. El único pero es que se habían tenido que conformar con un ‘field goal’, y eso siempre es poco ante un ataque tan anotador como el de los Chiefs. De hecho, la respuesta de los de Reed llegó poco después en forma de ‘touchdown’ tras un ‘drive’ no especialmente fluido (y mucho más terrestre que aéreo) que acabó resolviendo Mahomes con un par de carreras, la última arriesgando en un ‘cuarta y uno’ a un paso de la línea de anotación.

Entonces los 49ers optaron por empezar a pasar, cerrando el primer cuarto con un lanzamiento de Garappolo que se convertía en primer down y abriendo el segundo con otro, bajo más presión, que terminaba en las manos de un rival y devolvía el cuero a los Chiefs con 7 a 3 de ventaja en el marcador. Era de nuevo el turno de la defensa de San Francisco, ansiosa por conseguir lo que no había logrado minutos antes, evitar el avance hasta la ‘endzone’ de los de Kansas. Esta vez si lo lograban pese a que Mahomes había sido capaz de colocar uno de sus pases mágicos, atrapado al vuelo Sammy Watkins cerca de la ‘redzone’ rival. De ahí no pasaban los de rojo, que ampliaban su ventaja hasta el 10-3 con un ‘field goal’.

La reacción de los 49ers llegaba por tierra con una sucesión de carreras protagonizadas por Mostert, Samuels y Coleman que los metían en la redzone de los Chiefs en un visto y no visto. Era el momento ideal para la situación en la que mejor se desenvuelve su Quarteback, cuando todos los ojos de la defensa están puestos en tapar huecos para evitar otra carrera más y se siente libre de presión. El ‘play action’ era letal y mientras los lineas y lineabackers se afanaban en detener a un corredor sin nada entre sus manos el balón volaba hacia las de Juszczyk. El polivalente fullback atenazaba el oval, rompía un placaje y se lanzaba a la 'endzone' para empatar el partido a 10.

De ahí al descanso, la defensa de San Francisco detenía en seco al ataque de Kansas, forzando el primer ‘punt’ del partido, y su ofensiva tenía que conformarse finalmente con llegar a la pausa sin añadir ningún punto más pero con la tranquilidad de saber que en la reanudación el primer intento también sería suyo.

Y como si el marchoso show del intermedio les hubiera dado ganas de bailar, los 49ers iniciaban la segunda mitad haciendo saltar en vano a los defensas de los Chiefs mientras el balón volaba sobre sus cabezas en tres pases que llevaban al ataque a la yarda 25 rival. Aunque de ahí ya no pasaban, otra certera patada de Gould ponía a San Francisco de nuevo tres puntos por delante, igual que al inicio del primer cuarto.

Entonces la defensa de los 49ers saltaba al primer plano como tantas veces a lo largo de la temporada. Primero estaba a punto de recuperar el balón tras forzar el incansable Bosa un ‘fumble’. Después presionaba a Mahones en un apurado ‘tercera y doce’ que terminaba con balón interceptado por parte de Warner, a cuyos brazos llegaba mansamente un pase nada bien medido por parte del QB de los Chiefs.

Con el balón cerca del centro del campo para inicial el ‘drive’, ‘Jimmy G’ volvía a ejecutar a la perfección un ‘play action’ en ‘primera y diez’ con el que se iniciaba una magnífica secuencia de ataque que a punto estaba de culminar Juszczyk de nuevo en labores de recepción. El rocoso ‘fullback’ se quedaba a un paso de la línea de gol pero daba igual, Mostert la atravesaba justo a continuación. El héroe del partido contra los Packers situaba el marcador 20-10. A falta de un par de minutos para el final del tercer cuarto los 49ers doblaban la anotación de los Chiefs y con ese resultado se llegaba a la breve pausa antes del acto final luego de una carrera de Mahomes para lograr in extremis el primer down.

El último cuarto arrancaba con la continuación del buen ‘drive’ de los Chiefs. Parecía les iba a permitir acortar distancias pero concluía del peor modo posible para sus intereses cuando un pase de Mahomes rebotaba en las manos del receptor y acababa en las del defensor.

Faltaban doce minutos y los 49ers tenían de nuevo el balón de su poder. La situación no podía ser más propicia para los de San Francisco. Pero en ocasiones así surge eso que se suele conocer como ‘miedo a ganar’. Esa sensación de vértigo que paraliza al que va por delante cuando ve tan cerca el objetivo y, sin embargo, no logra alcanzarlo todavía. Para lograrlo, los de Sanaham necesitaban hacer lo que llevan haciendo mejor que nadie todo el año, correr con el balón mientras agotan los segundos en el cronómetro y las fuerzas en la defensa rival. Pero esta vez no eran capaces de conseguirlo. Prácticamente ni de intentarlo. La defensa de los Chiefs salía dispuesta a hacer un último y supremo esfuerzo que permitiera a su ataque volver al campo cuanto antes. La presión se multiplicaba en la línea y el pocket se cerraba hasta asfixiar a Garoppolo, que no conseguía completar los pases que le hubieran permitido otro set de downs. En apenas un par de minutos los 49ers se veían obligados a ejecutar su primer punt de toda la noche para alejar el balón.

La patada del habitualmente eficaz Wishnowsky no era especialmente buena y con nueve minutos por delante los Chiefs iniciaban un ‘drive’ a vida o muerte. O anotaban rápido o estaban perdidos. Y aunque anotaran deprisa todavía necesitarían detener de nuevo a los 49ers y volver a anotar. Además, con diez puntos de desventaja, al menos una de esas dos anotaciones tenía que ser un touchdown.

Pero es en situaciones así cuando se diferencia a los buenos jugadores de los realmente grandes. Tal vez sólo lo imagine, pero diría que en los vivarachos ojos oscuros de Mahomes vi la misma mirada decidida que en los fríos y azules de Montana cuando inició aquel drive ganador contra los Bengals. Al prodigioso Quarteback de los Chiefs apenas le importó que un pase largo que hubiera significado ‘primer down’ se le escurriera por poco entre las manos a Tyreek Hill, circunstancia que había escapado inicialmente a la visión de los árbitros pero se comprobó tras pedir Shanahan el ‘challenge’ para que se cambiara la decisión. Instantes después, en un poco menos que desesperado ‘tercera y quince’ desde la yarda 30 de su campo, Mahomes hizo magia. Con toda la presión del mundo llegándole soltó el brazo justo a tiempo para propulsar el balón con todas sus fuerzas en una interminable parábola que terminó en los brazos de Hill cerca de la ‘red zone’ rival.

Fue una de esas jugadas que definen un partido. Es más, que definen la carrera de un jugador. Los Chiefs seguían perdiendo 20-10 y faltaban sólo siete minutos pero a partir de ese instante ya nada ni nadie iban a poder detener a Mahones y los suyos. Cuarenta y cinco segundos después ya estaban celebrando su segundo touchdown de la noche, un pase de Mahones al siempre fiable Kelce, tras partir desde la yarda uno, que los situaba a sólo tres puntos y todavía con seis minutos y cuarto por jugar.

Y digo todavía en lugar de sólo, porque ahora el tiempo parecía no avanzar para los 49ers mientras se estiraba hasta casi detenerse para los Chiefs. El siguiente drive de San Francisco fue toda una demostración de impotencia en forma de fugaz ‘tres y fuera’ que devolvió el balón a Kansas sin apenas restar tiempo al crono. Con alrededor de cinco minutos por delante, la mirada de Mahones era ya definitivamente la de Montana. Esa mirada del que sabe lo que tiene que hacer, sabe como hacerlo… y además estás convencido de que lo va a lograr. Su siguiente drive fue un pin, pam, pum con tres pases para recorrer más de sesenta yardas entre el tenaz y seguro Kelce, el ágil y escurridizo Watkins y el veloz y decidido Williams, que logró hacer asomar la punta del balón por encima de la línea de gol pese al supremo esfuerzo de Richard Sherman por evitar lo inevitable. En un abrir y cerrar de ojos los Chiefas habían pasado de ir pediendo 20-10 a ir ganando 24-20 después de anotar dos touchdowns en apenas tres minutos y medio.

Los 49ers asistían a la demostración ofensiva de los Chiefs tan o más atónitos que los Texans o los Titans en playoffs. Era una marea imparable. La suerte ya estaba echada. El balón volvía a durar en poder de Garoppolo y los suyos apenas un minuto antes de que un desesperado ‘cuarta y diez’ terminara con un 'sack' que devolvía la posesión a los de Mahones con minuto y veinte por delante. De esos ochenta segundos sólo necesitaron ocho para poner la rúbrica a la victoria con otro touchdown, esta vez tras carrera de Williams que se colaba sin apenas oposición por la hasta hacía poco casi inexpugnable defensa de San Francisco. Del 20-10 se había pasado al 20-31 en cinco minutos locos. O, más bien, cinco minutos mágicos en los que Mahones había sido capaz de hacer incluso más, al menos en cantidad, de lo que había hecho Montana en ese mismo campo tantos años antes. Por eso, aunque los Chiefs ganaron a ‘mis’ 49ers, disfruté viendo esta SuperBowl LIV que, a buen seguro, no será la última en la que triunfe este Quarterback del siglo XXI que tiene el talento innato de los elegidos y saca lo mejor de si mismo cuando más importa, en esos instantes en los que sus ojos tienen la mirada Montana.