
El camino de Dan Wheldon hasta Indianápolis había sido largo. En 1999, con apenas veinte años, cruzó el Atlántico con más ambición que presupuesto. En su Inglaterra natal toda la atención estaba centrada en otro joven rápido y ambicioso: Jenson Button. Continuar por la larga y tortuosa senda hacia la Fórmula 1 era imposible sin patrocinadores capaces de aportar cantidades de dinero que los modestos recursos familiares no podían asumir. En cambio, en Estados Unidos sí era posible seguir adelante solo a base de talento, aunque las metas fuesen otras.
Era una época en la que el mundo de las competiciones de monoplazas en Norteamérica estaba dividido por la disputa entre la CART y la IRL. En la primera había triunfado una década antes su ídolo juvenil, Nigel Mansell. La segunda tenía en su calendario la carrera que por sí sola valía tanto como todas las demás juntas: las 500 millas de Indianápolis.
Wheldon apuntaba inicialmente hacia la CART y sus circuitos de estilo más europeo. Pero su gran oportunidad terminó llegando en los óvalos de la IRL. A comienzos de 2003, otro británico que había seguido el mismo camino unos años antes, Dario Franchitti, se lesionó en un accidente de moto. Su jefe de equipo, Michael Andretti, necesitaba un sustituto para el escocés y decidió confiar en el inglés que llevaba ya unos meses ejerciendo como piloto de pruebas del equipo.
Dan aprovechó la ocasión. Los resultados no tardaron en llegar. Acabó la temporada adjudicándose el título de Novato del Año. En la campaña siguiente, la de 2004, ganó tres carreras y terminó segundo en el campeonato. En vísperas de las 500 millas de Indianápolis de 2005 lideraba la clasificación con tres victorias en cuatro carreras. Aunque no había brillado en la clasificación, sus resultados con el Dallara rojiblanco de Andretti Green Racing lo habían convertido en el hombre a batir. Sin embargo, quizá eso no fuese suficiente esta vez.
Durante aquel mes de mayo todas las miradas apuntaban hacia otro garaje. Era el del equipo Rahal Letterman, ocupado por una joven debutante de 23 años llamada Danica Patrick. A su alrededor se había desatado una tormenta mediática sin precedentes. No era solo publicidad por tratarse de una mujer compitiendo en un mundo tradicionalmente masculino. La razón principal era su velocidad. Danica había marcado los mejores tiempos en los entrenamientos y se había quedado a un suspiro de la pole position tras un pequeño error en su vuelta definitiva. Salía cuarta, la posición más alta alcanzada por una mujer hasta entonces, y aspiraba abiertamente a la victoria. De conseguirla, sería un resultado histórico.
El 29 de mayo el aire de Indiana pesaba. La humedad pegaba el mono ignífugo a la espalda. Danica se ajustó el casco en silencio, sintiéndose el objetivo de miles de ojos. En aquellas miradas se mezclaban el escepticismo de quienes dudaban de sus opciones y la devoción de quienes soñaban con ver lo imposible. Ella no pensaba en el género. Pensaba en el equilibrio del coche y en la turbulencia que generan treinta y tres monoplazas rodando juntos. Había demostrado su rapidez en los días previos, pero el desafío de la carrera era infinitamente mayor.

Cuatro filas por detrás del Panoz de Danica, en la formación de salida, estaba el Dallara de Dan. A su lado la familia Andretti también acaparaba flashes y atención. Michael, el propietario del equipo, cargaba con la herencia agridulce de la llamada maldición de los Andretti. Su padre, el legendario Mario, había ganado solo una vez la carrera pese a haberla dominado en innumerables ocasiones después de su triunfo de 1969. Michael tampoco había logrado vencer como piloto, a pesar de haber liderado muchas vueltas a lo largo de los años. Ahora esperaba romper por fin ese maleficio como propietario. Uno de sus pilotos, Tony Kanaan, partía desde la primera posición. Otra de sus bazas era Wheldon, aunque arrancase desde el decimosexto lugar.
El inglés sentía además otro tipo de presión. Sus compatriotas habían revolucionado las 500 millas a mediados de los años sesenta con sus ligeros monoplazas de motor trasero. Cooper, Lotus y Lola habían condenado a la extinción a los pesados roadster de motor delantero. Sin embargo, hacía casi cuarenta años que un británico no bebía la tradicional leche en el podio. Recordaba las historias del controvertido triunfo de Graham Hill en 1966 y tenía la sensación de que el tiempo se había detenido para los suyos en aquel rincón del planeta que, durante un día al año, se convertía en el centro del mundo del motor.
El Indianapolis Motor Speedway era un hervidero de trescientas mil personas. El murmullo constante de la multitud se filtraba por los tapones de los oídos como un zumbido lejano. De pronto, una frase surgida de los altavoces lo silenció durante un instante. El momento que Danica, Dan y los otros treinta y un pilotos llevaban semanas esperando estaba a punto de llegar.
"Damas y caballeros, enciendan sus motores".
El sonido cambió de inmediato. Los treinta y tres motores cobraron vida y los monoplazas comenzaron a rodar, serpenteando para calentar los neumáticos. A baja velocidad, avanzando de tres en fondo, la pista parecía inmensa. Pero cuando la bandera verde ondeó al viento y la carrera comenzó de verdad, todo cambió. A 360 kilómetros por hora y en fila de a uno, el circuito se volvió de repente muy estrecho.

La carrera de Danica fue una montaña rusa. En la vuelta 56 se convirtió en la primera mujer en liderar las 500 millas al retrasar su entrada en boxes una vuelta más que Tony Kanaan y Sam Hornish, los dos pilotos que se habían alternado al frente desde la salida.
Veinte vueltas después un accidente de Junqueira provocó una bandera amarilla. La mayoría aprovechó para realizar su segunda parada. Para Danica, sin embargo, significó perder una docena de posiciones cuando el motor se caló al intentar salir del 'pit lane'.
Aun así, aquello fue un contratiempo menor comparado con lo que ocurrió en la vuelta 156. Un trompo seguido de un leve contacto con otro coche estuvo a punto de terminar en desastre. Afortunadamente todo quedó en un susto monumental.
Se recuperó con una agresividad que dejó mudos a muchos de sus críticos. Aquella joven no solo sabía rodar rápido en solitario: también sabía luchar rueda con rueda. Danica remontaba. Cada adelantamiento provocaba un rugido de la grada que parecía atravesar el casco.
En la vuelta 172 el delirio fue absoluto. Su equipo había convertido la necesidad en virtud. Al entrar en 'boxes' para cambiar el morro dañado en el incidente, aprovecharon para añadir combustible. Eso significaba que no tendría que parar de nuevo. Cuando los líderes hicieron su última detención, Danica volvió a colocarse en cabeza.
Quedaban solo 25 vueltas. De repente, la posibilidad de que una mujer ganase la carrera más grande del mundo dejó de ser una fantasía para convertirse en algo muy real.

Para Dan todo había transcurrido de forma mucho más lineal. Desde el principio había jugado a largo plazo, acercándose poco a poco a los puestos de cabeza. Sin prisa, pero sin pausa. Cada vez más rápido y sin cometer un solo error. Al relanzarse la carrera observaba el coche de Danica desde la quinta posición, midiendo distancias. Sabía que ella estaba al límite de combustible. Él, en cambio, podía permitirse atacar.
En la vuelta 185 ya era segundo.
En la 186 se pegó al Panoz.
Danica lo vio aparecer en los retrovisores. No podía evitarlo. Su equipo le gritaba por radio que debía ahorrar combustible si quería llegar a meta. Tenía que levantar el pie. Era una frustración terrible. Perder el liderato por un cálculo de consumo era tan doloroso como inevitable.
Al llegar a la curva 1, Wheldon decidió que era el momento. Aprovechó el rebufo, se lanzó por el interior y mantuvo la trayectoria. El adelantamiento fue limpio. Dan estaba en cabeza.
Y entonces, justo en ese instante, volvieron a encenderse las luces amarillas. El japonés Matsuura había golpeado el muro. La neutralización duró cuatro vueltas y convirtió el final en un sprint de apenas diez. Cuando la bandera verde volvió a ondear, Danica sorprendió a Wheldon y recuperó el liderato. El público se puso en pie. Durante dos vueltas completas volvió a rodar en primera posición.
Dan no se alteró. La siguió de cerca y, al inicio de la vuelta 194, repitió exactamente la misma maniobra en la primera curva. Esta vez fue definitiva. Danica no pudo defenderse. Estaba obligada a cuidar cada gota del poco metanol que quedaba en su depósito. Ganar ya no era posible. Resistió todo lo que pudo, pero terminaría cuarta: un resultado que habría parecido increíble un mes antes, aunque en aquel momento supiera a poco.
Delante, Dan rodaba ya completamente solo. Escuchaba cada vibración del motor con la inquietud de quien teme que algo falle en el último instante. Por la radio, su ingeniero le cantaba las vueltas que quedaban. A falta de una, Sébastien Bourdais golpeó el muro y provocó otra neutralización. La carrera terminó bajo luces amarillas. Dan cruzó la meta levantando el brazo mientras la bandera a cuadros se agitaba ante él.
Había ganado las 500 millas de Indianápolis.

Minutos después llegó al Círculo de Ganadores. Mientras le colocaban la tradicional corona de flores comprendió que había roto la larga sequía británica y que había dado por fin a los Andretti la victoria que tanto se les resistía.
De pie sobre el asiento del coche, levantó la botella de leche y bebió un largo trago.
Le supo a gloria.