Campeonatos de Europa de Atletismo
Birmingham 2026

Quinta jornada - viernes 14 de agosto
Finales de 10000 metros femeninos, Altura masculina, Disco femenino, 400 metros vallas masculinos, 200 metros masculinos y 800 metros femenino.

El viernes se inició la final de heptathlon y se disputaron otras cinco: dos concursos y tres carreras. Las tribunas se llenaron por primera vez, en buena medida por el atractivo de la prueba que cerró el programa. Fue el muy esperado 800 metros femenino, con la presencia simultánea en pista de tres de las máximas estrellas del atletismo femenino mundial: Audrey Werro, Keely Hodkingson y Femke Bol. Su brillo convirtió en teloneros de lujo a atletas del extraordinario nivel y prestigio como Nadia Battocletti, Marco Tamberi o Kartem Warholm.

10000 metros femeninos: Velocista de fondo

Nadia Battocletti había ganado la final de 5000 metros con desarmante facilidad. Su ataque en la última vuelta remató una carrera que solo se había acelerado en su tercio final, cuando Koster se cansó de aguardar a que alguien pusiera un ritmo que seleccionase el grupo.
Tres días después, la italiana se presentó a la prueba de 10000 siendo tanto o más favorita que en la de 5000.
Para todas sus rivales se planteaba el mismo dilema. Lo más lógico era marcar un ritmo fuerte para tratar de desgastar a la italiana de explosivo final. Pero las posibilidades de que esa táctica tuviese éxito eran escasas. Además, tenía el riesgo de suponer un esfuerzo excesivo que podía acabar pasando factura. Así que, unas por otras, ninguna se atrevió a tomar la iniciativa mientras los kilómetros transcurrían a ritmo cansino, en torno al 3,15.
Finalmente, cerca del séptimo, fue Keith la que decidió acelerar. El cambio de marcha propuesto por la británica se tradujo en un mil por debajo de los tres minutos que dinamitó el grupo. Solo Battocletti, Koster y la belga Van Lent respondieron al ataque.
Eran cuatro para tres medallas y en esa situación la que tira suele tener todas las de perder si no consigue descolgar al menos a una adversaria. Keith lo intentó con otro kilómetro rápido, aunque no tanto como el anterior. No lo consiguió y lo pagó caro.
A falta de dos vueltas, Van Lent hizo su apuesta y la británica cedió. De ahí al final su carrera fue un calvario hasta ser superada por las primeras del grupo perseguidor. Entre ellas, la mejor terminó siendo la española Idaria Prieto, cuarta en la meta repitiendo el resultado conseguido por su padre, el inolvidable «Taca», hace treinta y seis años.
Por delante, la resolución fue la esperada. El hachazo de Battocletti resultó todavía más rotundo que el del martes en el 5000. Esta vez llegó a falta de trescientos metros. La italiana los recorrió con ritmo y maneras de velocista. Como si acabara de saltar a la pista en vez de llevar ya casi quince kilómetros en las piernas sobre el tartán de Birmingham para conseguir la medalla de oro en las dos pruebas de fondo.

400 metros vallas masculinos: Solo de guitarra

La incertidumbre del resultado suele ser uno de los grandes alicientes del deporte. Sin embargo, hay veces en las que da igual que no haya emoción en la lucha por la victoria. En esas ocasiones el espectáculo consiste en ver ganar al que todos esperan. En disfrutar contemplando al mejor logrando un triunfo anunciado.
Ese fue el caso de la final de los 400 metros vallas masculino en los europeos de Birmingham.
La superioridad de Karsten Warlholm era tan incuestionable que nadie podía poner en duda su victoria. El interés estaba en ver cómo la conseguía. Era como asistir a un concierto de rock para deleitarse con un solo de guitarra del líder del grupo.
La actuación del portentoso noruego empezó con unos acordes de gran fuerza. Su tiempo de reacción fue el más rápido. Su salida fue eléctrica. Su aproximación a la primera valla fue vertiginosa. Antes de alcanzarla ya estaba tomando la compensación al atleta que acabaría segundo, Emil Agyekum.
El alemán fue testigo de primera fila del crescendo en la interpretación del genial solista. Una serie de notas tan rotundas como perfectamente acompasadas, llevadas a cabo con una mezcla de fuerza y maestría técnica.
Corriendo por la calle 6, Warholm ya iba delante de todos en la contrarrecta.
Siguió aumentando su ventaja en la curva. La recorrió con un ritmo sostenido que apenas decayó en la recta final para cerrar con un récord de los campeonatos como perfecto clímax a cuarenta y seis segundos y sesenta y tres centésimas de puro virtuosismo en solitario.

200 metros masculinos: Presunto ganador

La final masculina de los 200 metros repartía las últimas medallas individuales de las pruebas de velocidad. En las tres ya disputadas el oro lo habían ganado atletas del equipo británico, con doble victoria de Amy Hunt en las carreras femeninas y triunfo de Romell Glave en el 100 masculino. Un compatriota suyo, Zharnel Hughes, era el favorito para completar el dominio local venciendo en el 200. El atleta de origen caribeño llegaba con la mejor marca de la temporada y además era el único de los ocho finalistas que había corrido alguna vez la distancia en menos de veinte segundos.
Todo apuntaba a que cruzar esa frontera garantizaría la medalla de oro y Hughes era el principal candidato. Su fulgurante salida apuntaba en esa dirección. El británico recorrió la curva impulsado por el viento a favor y el aliento del público para encarar la recta en primera posición con una ligera ventaja sobre el suizo Mumenthaler.
Entonces surgió entre ambos la poderosa figura de Owen Ansah. El alemán venía lanzado y los superó a ambos con acelerando imparable con su amplia zancada para ser el primero en cruzar la meta. El único en hacerlo en menos de veinte segundos.
Un resultado inesperado y, en cierto modo, provisional. Sobre el velocista alemán pesa una investigación por irregularidades en el cumplimiento de la normativa antidopaje. En estos casos la presunción de inocencia ha de prevalecer pero también es apropiado definir al germano como presunto ganador.

Altura masculina: El regalo más especial

El listón está situado en 2,32 y el contraste entre los dos atletas que quedan disputando la medalla de oro no puede ser más acusado.
Oleh Doroschuk muestra un gesto serio y un porte pulcro. Su pelo es corto y está bien peinado. La barbilla se ve perfectamente rasurada. Se mueve con elegancia y seguridad.
Marco Tamberi no para de sonreír y su aspecto es desaliñado. Lleva el cabello largo y alborotado. Tiene afeitado solo medio rostro. No para quieto y se desplaza de modo anárquico.
Teniendo en cuenta su trayectoria más reciente el ucraniano es el gran favorito. Además lleva un concurso impecable, superando sin fallo todas las alturas. En cambio, el italiano ha empezado la final del peor modo posible, derribando en su primer salto. Un error que, unido al que comete en el 2,30, le obliga a superar una altura mayor que la que consiga su rival.
Por mucho que se haya ganado el afecto del público con su carisma y su exuberancia, vencer a su eficaz adversario no parece posible.
Sin embargo, sobre el 2,32 la solidez de Doroschuk se resquebraja. Comete su primer derribo de la noche y vuelve a fallar en la segunda tentativa. Tampoco Tamberi ha superado el listón en el intento inicial. Pero el segundo error del ucraniano le brinda una gran oportunidad. Si pasa esta altura se situará en cabeza y obligará a su rival a un todo o nada para seguir en la pelea.
Es un momento de máxima tensión. De esos en los que se crece. Agita los brazos para recabar el apoyo extra de un público entregado a su causa. Ataca el listón al ritmo de las palmas y vuela sobre él sin apenas rozarlo. Cuando la colchoneta lo recibe ya está celebrando acompañado por una atronadora ovación.
A Doroschuk todavía le queda una oportunidad pero ya no es el mismo que unos minutos antes. La seguridad ha sido vencida por la duda. El tercer salto sobre 2,32 termina también con el listón por los suelos.
El oro, otro más pero no uno más, es para Tamberi. Se trata de un éxito muy especial para alguien con tantos triunfos en su haber. Lo ha conseguido el día en que su hija cumple un año. Es el mejor regalo posible.

Disco femenino: Versatilidad de oro

Ganar medallas en dos pruebas diferentes de lanzamientos fue algo excepcional incluso en tiempos en los que la especialización no era tan alta como en la actualidad. Por eso tienen especial mérito los logros de Jorinde Van Klinken. La neerlandesa ya había conseguido sendas medallas de plata hace dos años en las finales de peso y de disco. El lunes había vuelto a terminar segunda en la exigente modalidad que consiste en enviar lo más lejos posible la pesada esfera metálica. Parecía abonada a la plata, metal que también había conseguido el año pasado en la final de los mundiales de disco, su prueba favorita.
Por eso, aunque había terminado contenta, compartiendo alegría con su compatriota Jessica Shilder, ganadora de la pruena, quería más. El viernes saltó a la pista con reflejos dorados en su rostro. Un detalle estético que era toda una declaración de intenciones. Esta vez la plata ya no era suficiente. Iba a cpmpletar ese maquillaje con una medalla a juego. Un oro deseado y codiciado que ganó con un primer lanzamiento inalcanzable para sus rivales, logrado a base de potencia y de versatilidad por una atleta capaz de competir con las más grandes en el lanzamiento de peso que, por fin, había sido la mejor de todas en el de disco.

800 metros femenino: La prueba reina

La caída de Audrey Werro en semifinales había estado a punto de arruinar la carrera más esperada. La que debía enfrentarla a Keely Hodgkinson y Femke Bol. Su recalificación junto a la otra víctima del incidente, la lituana Galvydyte, elevó a diez el número de participantes en la final femenina de los 800 metros.
Fue una decisión controvertida desde el punto de vista deportivo pero que indudablemente fue la mejor posible en lo que respecta al espectáculo.
La atleta suiza se encargó de justificarla protagonizando una actuación colosal. Werro dejó a un lado toda cautela y salió a por todas desde el primer metro. Partiendo desde la calle más exterior cruzó la pista decidida rumbo a la calle libre para situarse en cabeza pese al empeño de Hodgkinson por tomar el mando. Tras ellas se situó de inmediato Bol con la lógica prudencia de quien se enfrenta por primera vez a una final en una distancia que dobla a la que dominaba hasta ahora.
Una vez en cabeza, Werro no dejó de tirar con tanta fuerza como valentía. La apuesta era arriesgada y se basaba en esperar que el desgaste al que sometía a sus rivales fuese superior al que ella misma estaba sufriendo.
El toque de campana llegó recién superados los cincuenta y seis segundos. Ese ritmo exigente apenas decayó en la vuelta final.
A falta de doscientos metros las tres seguían avanzando en el mismo orden.
Werro abriendo la marcha, dispuesta a mantener el liderato hasta el final.
Hodgkinson pegada a ella, pensando en cómo y dónde superarla antes de la llegada.
Bol siguiéndolas de cerca con su correr fácil, admirando a sus nuevas rivales, consciente de que todavía no puede ganarlas.
En la última recta, Hodgkinson forzó hasta el límite y tal vez incluso más allá.
No fue suficiente.
Werro resistió imperturbable. Ganó y estableció además un nuevo récord de los campeonatos.
Después de las polémicas previas, la final que consiguió llenar las tribunas del Alexander Stadium respondió a las expectativas y se confirmó como la prueba reina del campeonato.

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