Subir en bicicleta por empinados caminos adoquinados requiere fuerza y equilibrio. La prueba ciclista que reune algunas de las cuestas empredadas de más acusada pendiente es cada primavera un acontecimiento social en la región más al norte de Bélgica. También una reivindicación de su identidad nacional en la larga pugna con la otra mitad del país, la que habla francés. En ese último sentido resulta extraño que denonimenos en español esta competición con su nombre en la lengua de Moliere. Una curiosa tradición que tal vez provenga de la mayor relevancia que por estos lares se le ha dado siempre a las grandes rondas por etapas, cuyo máximo exponente es el Tour de Francia.Sin embargo el que por aquí conocemos como Tour de Flandes es indudablemente la prueba por excelencia para los habitantes de la zona aunque dure sólo unas horas. Apenas más de seis y veinte este año en un domingo soleado. Apenas unas gotas de lluvia mojaron el asfalto durante unos pocos kilómetros cuando faltaban alrededor de 70 de los 278 que los ciclistas tuvieron que recorrer entre la salida en Amberes y la meta en Oudenaarde.
Alrededor de la pequeña localidad famosa en tiempos de la Edad Media por su producción de tapices se teje desde hace unos años el enrevesado laberinto de colinas de poca altura pero muy notable inclinación en el que se decide la que por allí todos conocen como 'De Ronde' sin que haga falta añadir a que territorio se da la vuelta.
La más famosa actualmente es la conocida como 'viejo Kwaremont' aunque sea relativamente nueva al ser un camino adoquinado que se realizó a principios de los setenta como reto para los ciclistas tras desaparecer bajo el asfalto la carretera original que pasaba unos metros más allá. Desde la edición del 1974 ese par de kilómetros han formado parte siempre del recorrido de la carrera hasta acabar convirtiéndose en uno de los lugares más famosos del ciclismo mundial.
Sobre el irregular terreno empredado del viejo Kwaremont se suele decidir cada año el ganador del Tour de Flandes. En el 2026 ha vuelto a ocurrir. Tras un primer paso que dejó la respuesta perfecta para una rebuscada pregunta de trivial ciclista al coronarlo en cabeza Sainbayar, ciclista del equipo Burgos nacido en la muy lejana Mongolia, los dos restantes dejaron los dos momentos clave de la carrera. En el segundo, cuando faltaban algo más de 50 kilómetros para la meta y ya apenas quedaban una veintena de unidades en el grupo de cabeza, Pogacar aceleró con una mezcla de fuerza y equilibrio que a sólo pudieron emular, a duras penas, los otros cuatro ciclistas que acompañaban al esloveno en la inmensa mayoría de los pronósticos previos: el tres veces ganador Van de Poel, los eternos aspirantes Van Aert y Pedersen y el ambicioso debutante Evenepoel.
Los dos kilómetros de sufrimiento en Kwaremont fueron demasiado para el danés del Lidl. El repecho asfaltado posterior hizo ceder al belga del Visma. En un visto y no visto ya nada más que había tres hombres en cabeza. Pronto serían sólo dos.
Sin apenas respiro llegaba el primer paso por el más corto pero más empinado Paterberg. Un auténtico muro por composición y por inclinación. Sobre sus adoquines de superficie redondeada, en los que hacer avanzar la bicicleta sin echar pie a tierra es todo un reto, Pogacar volvió a acelerar y la última esperanza de triunfo belga se esfumó. Evenepoel perdió contacto y sólo Van de Poel fue capaz de aguantar a rueda del esloveno.
Quedaban más de 50 kilómetros y aunque el belga del RedBull-Bora se negaba a rendirse estaba claro que el ganador iba a ser uno de los dos que se habían repartido las últimas cuatro victorias. En los años pares se había impuesto el neerlandés, vencedor también en el 2020. En los impares el esloveno. La cábala apuntaba al nieto de Poulidor. Las imágenes que dejaba la carrera hacían fácil apostar por su rival. El poderío con el que Pogacar había ascendido en cabeza los dos últimos muros era más que un aviso. Aunque Van de Poel resistía en los menos exigentes de Koppenberg, Taaiemberg y Kruisberg su reserva de energía se estaba agotando.
Llegaba entonces el paso final por Kwaremont. Nada más pisar el primero de sus adoquines Pogacar volvía a apretar y la tenaz resistencia de Van de Poel se quebraba definitivamente.
El neerlandés no iba a convertirse en el primer cuadruple ganador de la gran clásica de Flandes.
La última quincena de kilómetros se convertía en otro desfile triunfal para el fabuloso ciclista del UAE. Su ventaja aumentaba de forma constante pese a que ya no había ni cuestas ni adoquines. Ahora el muro al que se enfrentaban sus rivales era aún más duro y exigente que los recorridos hasta entonces. Era un muro invisible formado a partes iguales de fatiga y resignación. Una vez más batir a Pogacar iba a resultar imposible. El esloveno hacía lucir el arcoiris también en Flandes, se unía al selecto grupo de triples ganadores de la prueba y seguía acrecentando su palmarés y su leyenda. Una vez más su delgada figura se había agigantado hasta convertirse en el muro más infranqueable.