A lo largo de sus más de ciento diez años de historia la Milán - San Remo se ha ganado sobre todo de tres formas. Siendo el más fuerte en el empinado ascenso del Poggio, el más valiente en su vertiginoso descenso o el más rápido en la recta final de la Via Roma.
En su anterior edición Tadej Pogacar buscó un modo diferente.
A su estilo.
Desde más lejos.
Atacó en la subida de la Cipressa. Sólo Mathieu Van de Poel y Filippo Ganna consiguieron aguantar a rueda del esloveno. Resistieron también en el Poggio y los dos acabaron por batirle en el sprint. La victoria fue para el fabuloso todo terreno holandés por delante del sensacional contrarrelojista italiano.
Un año después los tres volvían a estar en Pavia para tomar la salida en la 'Classicissima di Primavera'. También eran de la partida Van Aert y Pidcock. El belga, vencedor en el 2020, no la había disputado desde que en el 2023 acabó tercero. El británico venía de ganar la Milán-Turín tras imponerse en el último ascenso al Santuario de Superga.
Salvo Ganna todos serían protagonistas en esa frenética media hora final que decide cada año el primer monumento ciclista de la temporada.
Esta vez la fase clave de la carrera tuvo un doloroso prólogo para Pogacar y Van Aert, envueltos en una caída producida poco antes de iniciarse el ascenso a la Cipressa. Cualquier otro tal vez se habría rendido. Ellos no lo hicieron. El esloveno se reincorporó pronto al grupo ayudado por McNulti. El belga tardó algo más pero acabaría lográndolo aunque cuando lo hizo por allí ya no estaba el Campeón del Mundo.
Impulsado por su potente compañero Pogacar llegó a tiempo de mantener su plan de ataque en la penúltima subida de la carrera. El estadounidense todavía tuvo fuerzas para marcar el ritmo y estirar el pelotón antes de darle el relevo a Del Toro para que el mexicano lanzase a su jefe de filas. Practicamente en el mismo lugar que el año pasado llegó la esperada aceleración del portador del maillot arcoiris. Faltaban algo más de dos kilómetros para el alto de la Cipressa y menos de veinticuatro para la meta.
Al igual que entonces dos ciclistas lograron seguir rueda. Uno de ellos volvió a ser Van de Poel. El otro fue Pidcock.
Los tres coronaron juntos con alrededor de veinte segundos de ventaja respecto a sus más inmediatos perseguidores.
Duplicaron prácticamente el hueco en la rápida bajada de apenas tres kilómetros y medio. Resistieron en los diez de llano hasta el Poggio, cuyo inicio alcanzaron sólo ocho segundos antes que el grupo en el que Van Aert y los suyos apretaban a la desesperada.
El ataque en la Cipressa no le había servido a Pogacar para irse en solitario como habría deseado. Nada más empezar a subir el Poggio volvía a forzar la máquina. Su nueva ofensiva dejaba atrás al ganador del año pasado. Van der Poel había resistido entonces pero esta vez no podía hacerlo. Pidcock seguía aguantando y los dos coronaban dieciséis segundos antes que el neerlandés a quien el grupo tenía ya a la vista.
Faltaban apenas seis kilómetros. En los cuatro de vertiginosa descenso Pidcock tomaba por momentos la iniciativa gracias a su valor y su habilidad cuesta abajo. Pogacar lo seguía sin miedo. Sin pensar en las consecuencias de un error a esa velocidad rodeado de pretiles de hormigón.
Cuando la carretera se nivelaba por fin la ventaja del dúo de cabeza había vuelto a crecer.
Era de algo más veinte segundos.
Quedaban sólo un par de kilómetros.
A falta de uno medio saltaba tras ellos Van Aert negándose a claudicar pese a que estaba ante una misión imposible.
Por delante Pogacar y Pidcock se vigilaban sin dejaban de relevarse y pedalear con fuerza.
Cuando entraban en la Via Roma tenían aún margen suficiente para jugarse victoria entre ellos por mucho que el belga se acercase por detrás.
A quinientos metros de la meta Pogacar lanzaba su último ataque del día. Pidcock no cedía. Al contrario. Contratacaba con todas las fuerzas que aún quedaban en su pequeño cuerpo.
No fueron suficientes.
Las dos bicicletas se acercaron a la línea de meta en paralelo.
La de Pogacar la cruzó media rueda por delante.
Un instante después el esloveno levantó tímidamente un brazo antes de abarzarse a su rival mientras ambos eran rodeados por los fotógrafos y Van Aert entraba en la tercera posición.
La Milán-San Remo se suele ganar de tres formas diferentes.
Pogacar había intentado en el 2025 otra más que casi nunca había dado resultado.
Atacar en la Cipressa tampoco le había servido a él para ganar entonces.
Este año sí gracias a combinar ese método con los otros tres.
Fue el más fuerte en el empinado ascenso del Poggio.
Fue el más valiente en su vertiginoso descenso.
Fue el más rápido en la recta final de la Via Roma.
Todo eso, herido y magullado además, tuvo que hacer para conseguir uno de los dos monumentos que le faltaban.
Mereció la pena.