Daniel Ceán-Bermúdez
@daniel_cean
Fotos: A.S.O.

Pecado, tentación y redención

Amstel Gold Race, Flecha Valona y Lieja-Bastogne-Lieja 2026.

El tríptico más famoso de la pintura es El Jardín de las Delicias. Es una muy elaborada obra que trata de forma alegórica sobre el pecado, la tentación y la redención. Data del siglo XV y fue realizado por Jheronimus van Aken, pintor de gran talento y desbordante imaginación que nació al norte de lo que entonces era el Ducado de Brabante. Hoy día ese territorio se reparte entre el norte de Bélgica y el sur de los Países Bajos. Precisamente en esos dos países se disputa cada primavera el tríptico más famoso del ciclismo. Se denomina el de las Ardenas aunque la primera de las tres carreras que lo componen no se celebra en esa boscosa región belga ya que su escenario es la de Limburgo, al sur del territorio neerlandés.

Este año el inicio del tríptico en la 'Amstel Gold Race' deparó un desarrollo y un desenlace que mezcló pecado, tentación y redención como en la genial obra del artista a quien conocemos en España como 'El Bosco'. Su principal protagonista fue el gran favorito al triunfo, Remco Evenepoel. En la anterior edición de la 'carrera de la cerveza' el belga había pecado de exceso de ambición gastando más fuerzas de las que debía para dar caza al que pensaba era su único adversario, Tadej Pogacar. Consiguió alcanzarlo pero ambos acabaron siendo sosprendidos en el sprint final por Mattias Skjelmose.

Doce meses después el siempre impulsivo ciclista del Red Bull Bora estaba decidido a no cometer el mismo error. Sin el fabuloso esloveno en liza pasaba a ser el máximo aspirante a la victoria y tenía que usar tanto o más la cabeza que sus poderosas piernas. Así que se resistió a la tentación de seguir su instinto atacante y no fue él quien desencadenó la batalla cuando quedaban poco más de cuarenta kilómetros para la meta. Por delante resistía ya sólo Marco Frigo, único superviviente del grupo de osados aventureros que habían saltado del pelotón con más voluntad que esperanza de lograr la victoria. Por detrás el francés Gregoire lanzó un fuerte ataque al que respondieron Evenepoel, su verdugo del año pasado, Skjelmose, Vauquelin, Artz y Jorgenson.

Los seis empezaron pronto a recortar el apenas medio minuto que les llevaba Frigo. Lo iban a coger y dejar atrás pronto pero sólo tres lo hicieron. Los otros tres dieron con sus huesos en el suelo al caerse Vauquelin a la salida de una curva y no poder evitar acompañarle en la desgracia tanto Jorgenson como Artz.

Poco después llegó el penúltimo paso por el siempre decisivo Cauberg. Lo afrontó Evenepoel en cabeza con Skjelmose pegado a su rueda y Gregoire viendo como la corta pero empinada cuesta se le hacía demasiado larga. El francés cedió y fue engullido poco después por el grupo perseguidor, en el que compatriotra Cosnefroy trataba en vano de recortar distancias con el dúo de cabeza. Labor imposible porque la victoria se la iban a jugar entre el belga y el danés.

A dos kilómetros y medio de la llegada la ascensión final a Cauberg parecía el sitio ideal para que Evenepoel dictase sentencia. Pero el belga no quería pecar de exceso de confianza viendo como el danés le seguía sin mostrar más síntomas de fatiga que los propios de llevar más de doscientos cincuenta kilómetros de continuo sube y baja en sus piernas.

Rodando con su impecable estilo, agachado sobre el manillar para ofrecer menos resistencia al aire, Evenepole siguió tirando con fuerza pero sin excesos. Resistió la tentación de lanzar un ataque en el sitio donde todos esperaban que lo hiciera y en el sprint final encontró poco después la redención logrando la ansiada victoria ante el rival que se la había arrebatado entonces.



Tres días después de que Evenepoel completara con éxito su redención a base de trazos decididos para completar la primera tabla del tríptico llegó el turno de pintar la segunda ya en territorio belga. El miércoles se celebró la edición número noventa de la Flecha Valona. Una carrera de más de doscientos kilómetros que se acaba decidiendo casi siempre en los últimos doscientos metros del muy empinado muro de Huy. Este año no fue una excepción pese a que la ausencia de los principales números 1 del actual pelotón pudiese hacer pensar en una competición más abierta y menos controlada por los grandes equipos.

A falta de siete kilómetros el grupo ya había engullido a Leknessund, último superviviente del sexteto que se había escapado con más intención de mostrar la publicidad de sus maillots que esperanzas de éxito. Ninguno otro lo intentó una vez alcanzado el noruego y más de sesenta se presentaron juntos en el inicio del camino jalonado de siete capillas que también dan nombre a la famosa ascensión del municipio de la provincia de Lieja. Poco más de un kilómetro con un desnivel medio superior al nueve por ciento y rampas que llegan a superar el veinticinco. Un terreno que separa de forma natural a los que tienen suficientes fuerzas para aspirar al triunfo del resto sin que haga falta que nadie ataque.

Ausentes Pogacar, Van de Poel, Van Aert y Evenepoel era la gran ocasión para un buen número de actores secundarios que por una vez podían intentar convertirse en protagonistas. Pero entre ellos y la gloria se interpuso un ciclista cuya presencia ya impone respeto pese a no haber cumplido aún los veinte años de edad. Apenas superado el triángulo rojo que indica el inicio del último kilómetro Paul Seixas apareció en cabeza del cada vez más reducido grupo y nadie se atrevió a moverse. El joven del Decathlon se comportó entonces como un veterano. Esperó con paciencia mientras controlaba con la mirada a sus rivales y los fue eliminando a base de ir subiendo de vueltas de forma progresiva su poderoso motor. A falta de doscientos metros, cuando los pocos que aún resistían ya iban en fila de a uno tras su rueda, aceleró un poco más y los distanció definitivamente para ganar con esa facilidad que sólo está al alcance de los fuera de serie.

Después de su segundo puesto en la 'Strade Bianche' tras el inalcanzable Pogacar y de su total dominio de la vuelta al País Vasco el nuevo prodigio del ciclismo mundial confirmó en lo alto del muro de Huy que ya es mucho más que la enésima gran esperanza francesa de volver a contar con un ganador en todos los terrenos. Las grandes vueltas le esperan con el enorme reto de suceder a Hinault, Fignon y Jalabert en alguna de ellas. Algo que ningún compatriota suyo ha logrado en los más de veinticinco años que van de siglo XXI pero este muchacho de Lyon parece más que capacitado para conseguirlo.



De todas formas eso es pensar en el futuro con la incógnita de saber si Seixas debutará ya este año en una de las rondas por etapas de tres semanas. Además antes de que lleguen faltaba por disputar cuatro días después de la Flecha Valona el último monumento de la primavera ciclista. La clásica con más historia. La Lieja-Bastogne-Lieja.

La tabla principal del tríptico de las Árdenas contaba entre sus participantes con los artistas que habían firmado las otras dos en los días previos, Remco Evenepoel y Paul Seixas. También con el genio que la interpretó mejor que nadie en sus dos anteriores ediciones, Tadej Pogacar.
El esloveno quería vencer en 'la decana' por tercer año consecutivo y cuarto en total, cifra que le dejaría a sólo una victoria de las cinco logradas por Eddie Merckx.
El compatriota del 'canibal' se presentaba como su máximo rival, no en vano la había ganado las dos veces que el insaciable ciclista del UAE no lo hizo en el último lustro.
El francés soñaba con ganar su primer monumento antes de cumplir los veinte años, algo sólo conseguido por dos belgas: Victor Fastre, vencedor en Lieja hace más de un siglo justo antes de celebrar su decimonoveno cumpleaños, y Rik Van Steenbergen, triunfador en Flandes cuando aún faltaba un año para que concluyese la Segunda Guerra Mundial.
Los tres coincidieron el año pasado en el podio de la prueba en ruta del Campeonato de Europa y acabarían por volver a encontrarse en la celebración al final del tortuoso trazado de ida y vuelta entre Lieja y Bastogne. Doscientos sesenta kilómetros con once cotas de las que nueve se reparten en los últimos noventa. Un continuo sube y baja que pone a prueba fuerzas y nervios porque tan importante es tener piernas para resistir, atacar o responder como cabeza para saber cuando y donde hacerlo.

En su época Merckx disfrutaba torturando a sus rivales en la muy empinada Stockeu que ahora homenajea su nombre a algo más de ochenta kilómetros de la llegada.
Hace unos años solían ser más determinantes 'Forges' o 'La Roche aux Faucons', situadas respectivamente a veintitrés y a trece kilómetros de la línea final en el paseo del muelle de las Ardenas.
En las últimas ediciones la subida clave volvió a ser la histórica 'La Redoute', a algo más de treinta de la meta. Ahí se escapó en solitario Pogacar para ganar tanto el año pasado como el anterior.

Un guion muy definido que el esloveno quiso repetir atacando de nuevo en el mismo sitio. Su compañero Cosnefroy estiró el grupo con un duro ritmo que dejó atrás a Evenepoel apenas iniciado el kilómetro y medio de ascenso. A ochocientos metros de completarlo el Campeón del Mundo lanzó su esperado ataque. Su asalto a la colina que debe su nombre a un viejo reducto militar no sería suficiente esta vez. En la cima una estela de piedra recuerda el triunfo de las tropas francesas en una batalla librada en la zona a finales del siglo XVIII. Más de doscientos años después un joven francés resistió la ofensiva del poderoso enemigo. Paul Seixas llevaba un buen número de kilómetros pegado a la rueda de Pogacar y ahí se mantuvo cuando el esloveno aceleró a fondo. Jaleados por la multitud los dos lograron una veintena de segundos de ventaja sobre Skjelmose y el doble respecto a Evenepoel y un grupo cada vez más reducido en el que acabaría cayendo el danés, perdido en tierra de nadie.

Pronto el hueco entre el dúo de cabeza y el resto se fue ampliado de forma inexorable. En 'Forges' ya era de casi un minuto. Al pie de 'La Roche aux Faucons' se había doblado. Era el último punto clave y en cuanto la carretera se empinó Pogacar volvió a incrementar el ritmo. Seixas se obstinó en mantenerlo con todas sus fuerzas y la osadía de su juventud. Por unos instantes parecía que iba a resistir otra vez. Pero a seiscientos metros de la cima el esloveno desplegó definitivamente sus alas como si fuese uno de los halcones que dan nombre a la colina. La coronó con veinté segundos de ventaja para iniciar un majestuoso vuelo hacia la meta. Trece kilómetros en solitario por fin para ganar en Lieja por cuarta vez, tercera consecutiva.

El cuarto triunfo de Pogacar en 'La Decana' deja al fabuloso ciclista esloveno a uno sólo de igualar la cifra de victorias de Merckx mientras sigue emulando al inolvidable belga como absoluto dominador del pelotón mundial. Pero el modo en que Seixas le plantó cara en 'La Redoute' hace pensar en otro francés que acabó destronando al entonces invencible campeón. Fue Bernard Thevenet en el Tour del 1975. Más de cincuenta años después este muchacho que cumplirá los veinte en septiembre se está acercando paso a paso a un objetivo que pocos pueden siquiera anhelar: batir al practicamente invencible Pogacar.